jueves, 4 de junio de 2009

La fidelidad del tulipán



Es jueves y la lluvia cae tímidamente sobre las frías lápidas. Tal vez el viernes, víspera de su veinte no cumpleaños en la tierra, esta caiga de forma más impertinente sobre el planeta.
Mientras eso sucede Roberto contempla la tierra desde arriba. No imaginó en vida que pudiese llegar a ser tan fácil observar sin llegar a intervenir. El sabe que a menudo los “suyos” le imploran ayuda cuando se sienten fatigados o descorazonados, pero el cielo no se hizo para este menester. El no puede intervenir en la voluntad de los hombres, aunque los ame tanto como quiere a esas dos mujeres que ahora conversan. Esto le llevó un tiempo aceptarlo pero ahora ya no le pesa, lo comprende.
La madre entra en la pequeña habitación situada al fondo del pasillo y se sienta frente a Carolina, aunque pensándolo bien, no se ha sentado sino que se ha dejado caer sobre la silla y sin venir a cuento le ha dicho a la hija: “¿Sabes? Creo que después de todo, a las personas que quieres hay que admitirlas como son, con lo bueno y lo malo”. Esto lo ha dicho acompañándolo de un gesto, que invita a pensar que la madre, ha pasado la noche dándole vueltas a un asunto que le preocupaba y que ha debido ser a algo que no le gustaba mucho, llegando a un extremo donde la resignación le ha vencido. Por eso, aunque tiene sentido lo dicho, lo ha expresado de esa forma, como vencida, en lugar de comprender que al razonar así, es ella quien ha ganado.
La hija, que está en ese instante escribiendo en el ordenador, levanta la vista en el momento justo para apreciar el gesto. Lacónicamente responde sin saber en absoluto a quien de todos las “personas” se refiere su madre, incluida ella misma. “Si madre, así es. Pero ¿sabes?. Me temo que esa es una carretera de doble dirección.” Hace una pausa y retirando la vista de los ojos de su madre añade “Los demás también han de admitirnos tal y como somos ¿no?” Le entran ganas de añadir “si nos quieren”, pero lo obvia y solo Roberto lo escucha desde su inmenso cielo.
La madre se levanta repentinamente y sale de la habitación, piensa que su hija siempre ha de tener la última palabra y no entiende porqué le responde como si la atacase.
La hija por su parte, finge seguir con lo que está haciendo, pero en realidad se está dirigiendo a su padre y pidiéndole que ayude a su madre a no olvidar lo que acaba de decir. Piensa que tal vez si su madre creyese lo que ha dicho, se sentiría por fin un poco feliz.
Roberto sonríe. Ahora puede saber que esa forma tan peculiar que tienen de funcionar entre ellas no hace sino reafirmar el afecto que la una siente por la otra.
No se ignoran, no. Incluso cuando parece que se hacen reproches se aman. Roberto ahora lo sabe y por eso ya no teme esos encuentros entre ellas un tanto surrealistas, donde ambas parecen mezclar distintos tipos de comunicación.
La hija mira por la ventana durante unos segundos y el paisaje que ve la hace temblar. Lamenta tanto no poder atraparlo en un lienzo como hacía su padre. ¡Cómo lo quiso¡ Recuerda la intensidad de su cariño incluso veinte años después de aquel fatídico accidente y sabe, sin por ello pronunciarlo nunca, que seguirá siendo así durante el resto de su vida.
De repente, algo que no comprende le impulsa a coger un papel y un lápiz. En unos segundos ha dibujado un garabato con forma de tulipán y siente la necesidad de pintarlo de rojo y escribir te quiero junto al tallo. Cuando observa el resultado, arquea las cejas y lo comprende, es como el tulipán que llevó a casa para el día de la madre en su primer año escolar. Y durante unos escasos segundos vuelve a sentirse como entonces, cuando pensaba que su regalo le traería algo de felicidad a su madre entre medio de ese negro duelo, aunque solo fuese brevemente, lo que tal vez pueda durar un sueño infantil.
Sujeta una lágrima rebelde y observa el tulipán abocetado durante unos segundos reconociendo lo pueril de su deseo y después sin dudarlo, lo rompe enérgicamente en cuatro trozos para arrojarlo a la papelera. Hoy está sin saber porqué, sensible.
La madre entra entonces de nuevo en la habitación y le pregunta apresuradamente “¿nos vamos o qué? Me gustaría comprar un ramo de tulipanes para la tumba de papa”. “Si, mamá. Ya voy” La hija sonríe por la coincidencia pero no añade nada. En pocos minutos las dos están cogidas del brazo colocando un ramo de tulipanes rojos en la tumba de Roberto mientras una fina lluvia cae de un cielo que hoy parece más próximo y menos desconocido pese a su gris plomizo.
Roberto sabe que por hoy ha terminado su visita a la tierra, así que se despide como siempre lo hace cuando la lluvia acompaña el día, con un soplo fuerte que vuelve los paraguas hacia arriba. Sonriendo se marcha, a la espera de que ese mismo cielo que lo acoge desde hace tanto tiempo, le permita volver de nuevo y por un instante a observar la tierra, tal vez en su próximo no cumpleaños. Nunca se sabe.
La hija mira a su madre con cariño y la coge más fuerte, ahora que ya no es una niña desearía que su madre se volviese a encontrar con el amor, después de todo su padre lo comprendería. Carolina se siente culpable porque sabe que no tardando mucho ella se irá de casa y su madre se quedará sola. La madre pasa un trapo por la lápida, con tanto cuidado que parece como si asease la cara de un enfermo, luego le da un último toque al ramo y con una media sonrisa agradece a Dios haber puesto en su vida personas tan especiales. Ella es feliz a su modo, con ese luto permanente en el vestir y bajo los ojos, a modo de ojeras que en nada la favorecen. Tal vez nunca ría tan a menudo como lo hacía antes pero se siente bien, serena. Cree en la otra vida y en que un día se reencontrará con Roberto.
Suspira y piensa que la niña pronto se marchará y empezará su vida, tal vez se case y consiga ser tan feliz como lo fue ella con su padre. La mira un tanto emocionada, es el vivo retrato de su padre, aunque no entiende porque entonces discuten tanto. Sujeta el paraguas con fuerza mientras su hija trata de recomponerlo en su posición original. Ambas sonríen y después se dirigen fuera del cementerio cogidas del brazo, tal y como llegaron. Entonces Carolina rompe el silencio “Mamá ¿Por qué tulipanes?” y la madre simplemente le dice “¿Y por qué no?”
La madre guarda silencio cuando siente que el amor queda ya para ella demasiado lejos y apenas se permite pensar que pasaría si se volviese a enamorar.
Roberto está ya lejos de ese instante en la tierra pero como cada año piensa que si le permitiesen intervenir por un momento, sería para decirle a su mujer que no se cierre al amor, que merece ser amada de nuevo, respetada, acompañada en las dificultades y las alegrías de su vida en la tierra. Pero nada puede hacer. Los tulipanes rojos contienen como los cuencos de un templo, la fina lluvia que los importuna. Todo vuelve de nuevo a quedar en silencio, solo el trino de algún pájaro recuerda que hay vida palpitando entre las sepulturas de ese anciano pueblo. Pero incluso esa certeza no es después de todo, tan verdadera. Carolina y su madre cierran la verja del cementerio y como siempre, sienten que algo de sí mismas se queda dentro.




*Tulipán rojo: Respeto y Fidelidad

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