miércoles, 13 de enero de 2010

El diccionario impertinente (II):NOSTALGIA

Nostalgia


L e t r a N



Nostalgia: Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida




Ya hemos estrenado año y puntualmente como una niña aplicada he recogido el árbol de navidad. El mismísimo día seis de enero, por la noche. “Si lo dejo para el Sábado se me amontonarán las emociones”. Es lo que debí pensar supongo, porque por alguna razón del corazón este año me he emocionado un poquito al hacerlo.
Ah sí, es exactamente lo que estás pensando. He soltado alguna lagrimilla impostora y con esa tierna excusa he abrazado a mi marido cuando se ha unido a la tradicional misión. Luego le he susurrado en el oído sin piedad alguna: “He echado de menos su alegría, su anarquía y su algarabía”. Bueno, eso es en realidad lo que quería decirle cuando le dije que la había echado de menos.
Y es que este año el árbol me quedo perfecto, con todos los adornos navideños cabalmente distribuidos por temática o colores. Sin zonas calvas o abigarradas, con las lucecitas en el orden preciso y la cinta de la estrella, con su lazo impecable. Sí, este año nuestro heterogéneo árbol de navidad pudo haber ganado un concurso popular. Pero le faltaba algo… y esa ausencia debió ser la que me atravesó el alma fugazmente cuando me puse a recoger cuidadosamente todos los adornos.
Uno por uno, los fuimos ambos recogiendo todos; los más antiguos y que acompañaron nuestras primeras navidades sin hijos, los más entrañables, como la camiseta con pelota de futbol regalo de nuestros amigos americanos, los más baratos, como las pequeñas bolas rojas que compré porque me recordaban mi lejana infancia. También les llegó el turno a aquellos de aire recargado y romántico con figuras insólitas que atraparon mis ojos en un escaparate, y a los más sencillos, esos que un día colgaron de las bolsas de regalo que nos dimos con cariño.

Pero sobre todo, tomé con mucho cuidado esos, los que eligió ella emocionada, hace alguna navidad y que probablemente, ya ni siquiera recuerde por concederle a esto, una importancia relativa. Supongo entonces, que fueron esos infantiles adornos los que más me provocaron.

Aunque bien mirado, puede que fuese el hecho de recordar que se nos ha roto la lavadora y me ha tocado echar cuentas y no precisamente económicas, ¡que ya es también para que duela!.

Veinte años, veinte años con nosotros. Veinte años era antes para mí una medida de tiempo equivalente a un siglo, ahora en cambio es apenas ¡un suspiro! Así que tal vez fuese realmente eso lo que me conmovió, que la vieja lavadora merecía su lágrimilla y punto; por fiel, por hacer bien su trabajo y haberme ahorrado incómodas reparaciones cuidando sin chistar de la ropa de mi aseada familia que tan alegremente la amontona donde se le antoja.
Claro que pensándolo mejor, también pudo ser que no tuviera en mis planes regalarme una lavadora por mi cumpleaños ¡y esto, no me digan ustedes, es para llorar! Porque por mucho que aprecie sus impagables funciones con un poquito de consideración se podía haber esperado a cualquier otra fecha que no estuviera tan próxima a mi cumpleaños o ya puestos a que pasase la maldita crisis. De ese modo, me habría evitado a mí tener que hacer cuentas de todo tipo y soltar lagrimillas inútiles.

Pero las cosas, no tienen porque ocurrir en absoluto en el momento esperado. De hecho, hay muchos momentos que uno nunca espera y simplemente llegan porque así tiene que ser, como por ejemplo la adolescencia de un hijo.

No, no se lo he dicho a ella. Pero se lo diré. Hoy mismo cuando vuelva del colegio le diré que este año la eché de menos.
“Quiero que sepas que he echado de menos tu alegría, tu anarquía y tu algarabía al poner y al recoger el árbol de navidad” y ella, casi lo puedo asegurar, me mirará con cara de póquer porque de tres palabras solo entenderá probablemente una. Aquí será cuando yo no podré evitar sonreír y la abrazaré, y no la dejaré marchar sin este diccionario impertinente. Ella extenderá su mano y lo cogerá y yo, me llegaré a creer que busca en él lo que no entiende, por que sí. Porque quiere saber qué es lo que ha echado tanto de menos su madre. Yo podré de esta manera, imaginar que al año que viene, sí que bajará de su habitación y volverá a recuperar la tradición de poner y quitar el árbol y el belén todos juntos, aunque ya no pongamos villancicos como música de fondo y ella tampoco cante como solía hacer.
Aunque, ¿Quién sabe? La infancia es un cálido lugar al que a veces sí nos gusta regresar.
Y es que la nostalgia es un sentimiento agridulce que nos llega sin aviso previo, para recordarnos supongo, cuánto vale lo que tanto vale.

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