jueves, 30 de abril de 2009

Olav de la isla.




Olav es un niño corriente, aunque lleve nombre de rey nórdico, para despistar. Probablemente parecido en muchas cosas a cualquiera de los niños de doce años a los que conocemos, ya saben, supongo que metro cincuenta y tantos, ojos despiertos, con sueños pre adolescentes e inocente, (como habrían de ser todos los niños a los que la vida o los hombres no les robasen parte de su infancia).
Olav asiste a un colegio público balear llamado para pesar de sus profesores valencianos (que se dirigen a él en catalán), “Cervantes”. Y digo esto porque después de lo visto en los periódicos, apostaría todas las canicas a que si dicho colegio balear, se sigue llamando así “Cervantes”, es porque resulta complicado traducirlo al catalán, al balear, al valenciano, al gallego, al vasco, al árabe, o al rumano o puestos ya a fabla, que es por si lo ignoran un idioma románico de algunos pueblos del pirineo aragonés.
Olav es como digo un niño aparentemente corriente pero incómodo, pertenece a una familia bilingüe (padre balear, madre andaluza) y para muchos amantes obcecados de su terruño, supongo que además se trata de un ex infante un tanto quejica porque, en lugar de quedarse calladito y obediente como los demás compañeros de isla, o pasar el tiempo jugando en la videoconsola tratando de ganar empecinado a la selección española de futbol, waterpolo o taekondo, que sería ya me entienden lo apropiado en los tiempos que corren, el niño va y se crece y así como quien no quiere la cosa, le pide a su padre que “no le deje tirado”, que hable con los profesores para que pueda examinarse en la lengua de su país (puesto que vive en su país, su padre trabaja en ese mismo país y paga los impuestos en ese país). Exactamente su petición fue examinarse en castellano.
Los niños malcriados ya se sabe, tienen esas cosas, piden y piden por no haberles puesto el bozal a tiempo.
Y es que Olav se ha debido creer que vive en un país de ideas decadentes donde uno puede saltarse las normas regionalistas del lugar en el que se estudia. Y todo por ignorante, ¡si sabrá él lo que ha costado conseguir que la gente se exprese “obligatoriamente” por autonomías para que no se entiendan! Por eso los profesores, todos ellos tan convencidos de su papel educativo y bien formado por modernos ideales patrios, le han dicho al dichoso niño que de eso nada monada que o hace los exámenes en un país español, sentado en un pupitre balear y utilizando un idioma catalán o que cero pelotero y el caso, pues ya lo han visto, ha saltado los periódicos. Un malcriado el niño, ya lo he dicho.
Y esto, que sea noticia, consuela un poquito porque quiere decir que aunque todos lo sepamos y callemos, con el único fin de que haya una cómoda paz social, no debe parecernos del todo muy normal puesto que ha resultado ser un asunto un poquito noticioso.
El niño para justificar su ilusión que no su ceguera, dice que la razón por la que lo pide es que “se expresa mejor en castellano” ¡vaya ocurrencia!, y como va en algunas asignaturas un poco justito a veces, pues ya se sabe, toda ayuda es poca. O sea, que al final el niño pues pide poquito, ni siquiera clases en español.
Pero yo que ya empiezo a sentir la comodidad que da cumplir añitos y por tanto de ignorar lo ajeno (que bastante tiene uno con lo propio) va ser que no voy a escandalizarme con estas minucias lingüísticas allende Aragón porque tal y como yo lo veo el caso es de poca importancia, (como ya dicen algunos bienhechores, el protagonismo político de un padre que utiliza a su hijo) o como mucho, se trate del uso indiscriminado de un arma muy ecológica que mata la historia y los derechos elementales, pero muy limpiamente sin dejar demasiado rastro, algún daño colateral como Olav y punto, pero ¿Quién se acordará de este muchacho disléxico de aquí a una semana, por ejemplo? Pongamos que yo sí quiero acordarme y por eso escribo sobre el caso.
Vale que esta ovejita inmadura se ha salido del redil pero es cuestión de tiempo que a falta de buen pasto, vuelva con su querido profesor y cumpla con honores su papel de perfecto alumno balear, bien sea porque es ese profe, el que tiene la sartén por el mango en cuanto a las calificaciones y como puntuar o porque el ambientillo escolar le empiece a resultar un tanto cargadito.
No se que sabe Olav sobre ese extraño país en el que le nacieron, probablemente se creyó que estaba en un lugar guay con mucha alianza de civilizaciones y clases muy multiculturales. Pero va a resultar que su indisposición a exponer lo que aprende, en un idioma que no sea el español le va a abrir sus hermosos ojos infantiles sobre la realidad de lo irreal en esa España nuestra, hasta darse cuenta si es que lo ignoraba, de que ese civilizado país no es como el de Alicia sino un lugar donde se cometen aberraciones personales, lingüísticas, históricas, educacionales y otras de digamos índole muy diferente y que no le va a quedar otra que irse de paseo por los tribunales, si persiste en su empeño. Aunque probablemente, como la justicia de este país nos ha salido, justa pero un poquito lenta (¡vaya con el axioma!) para cuando se pronuncie, caso de que llegase el “caso”, Olav tal vez sea un padre guapetón y resignado que enseña catalán a sus hijos en su isla balear para evitar que pasen por donde él ha tenido que pasar. La decepción educativa, digo.
Pero sabes Olav, yo pertenezco a una tierra, que es también la tuya que lo sepas, donde no existe esa perversión idiomática (de momento) en las escuelas, y siendo hermosa no lo es probablemente tanto como la tuya rodeada de ese inmenso mar, aunque por otro lado es también la mía, incluso sin vivir en ella y por eso le deseo lo mejor. Bien pues aquí, en esta tierra de secano, se dan también cositas curiosas. Nuestro Consistorio, que son un grupito de concejales y concejalas, acudieron ayer a un curso que tu y yo les pagamos para que una tal Bengoechea (suena un poquito vasco, el apellido, pero tiene suerte de que aquí esa nimiedad no nos importe) profesora decana de la facultad de Filosofía y letras de la universidad de Madrid, enseñe sin acritud “cómo se cae en el leguaje sexista y cómo evitarlo” y nuestro alcalde socialista que es un tanto talludito, ha asistido junto a la mitad de los concejales y concejalas, (de la otra mitad no se sabe la razón de su falta de asistencia) porque es un tipo que sigue la onda. Pero llegados a este punto, no le ha quedado más remedio a nuestro señor alcalde que reconocer que está un poquito limitado por la fuerza de la costumbre y que si bien en el leguaje oral le va a resultar un tanto imposible poner en practica los conocimientos adquiridos sobre el tema, se va a aplicar sin embargo, para tenerlo en cuenta en el lenguaje escrito (que es el que supongo le preparará el secretario o la secretaria del consistorio o consistoria). ¡ Si señor, ese es mi alcalde!
De verdad te digo que esto de las letras se está convirtiendo en un arma de destrucción masiva. Pues a mi que me nacieron mujer y así sigo, va a ser que esta lucha que han emprendido en mi nombre me la repamplinfa puesto que precisamente porque soy muy consciente del poder de la palabra, me da que esa cruzada en nombre de la mujer no tiene en absoluto la finalidad de “igualarla” sino de poseerla de un modo muy particular. De momento el discurso-enseñanza de Bengoechea no es obligatorio, pero tan pronto salgan unas siglas detrás de esta corriente desocupada todo se andará, porque como ha dicho por la radio noséquiénnimeimporta de tu bella isla, “hablar catalán es obligatorio porque sino nadie lo haría y se olvidaría” así que entenderás que ante semejante razonamiento los pelos se me pongan como escarpias. Pero hay que ser tolerante y comprender los complejos ajenos. Como cuando la administración se dirige a ti con una carta iniciada con Querido amigo, (lo juro) pues será que la pobrecita está muy sola.
Ya ves Olav, tu necesitas ayuda y acusan a tu padre de protagonismo y utilización inapropiada de un menor (que por otro lado es propio como suya es la responsabilidad de educarte como considere) y yo que no he pedido ayuda me salen ilustres profesoras que vienen a salvarme. En fin, ojalá uno de esos defensores del menor te escuche y obre el milagro que necesitas, pero si no ganas esta batalla no desesperes, es justo lo que pides. Exprésate siempre para que te entiendan y perdona a los adultos porque como dijo hace mucho tiempo un tal Jesús “muchas veces, no sabemos lo que hacemos”.

Posdata: Aquí tenemos una zonica a la que llamamos la franja, colinda con otra, llamada Cataluña y en la actualidad se están estudiando acuerdos para editar los libros escolares en catalán, aunque dicha franja sea de momento y hasta donde yo sé Aragón. A algunos de nuestros políticos les gusta la noble labor de ayudar a extender el bilingüismo eso sí, siempre que no se trate del inglés, que es el idioma de lo opresores después del español.
Pero bueno estamos aun muy lejos de tener tu problema así que ¿porqué preocuparse?

domingo, 19 de abril de 2009

Carmen Montoro Cavero

A veces, cuando pienso en todo lo que desconozco, me pregunto cómo habría sido mi vida sin todos los libros que me han acompañado tan silenciosamente.
De qué habrían estado forjados mis pensamientos más íntimos, sin el conocimiento vivaz de otros, mucho más pausados a veces, más impetuosos otras pero sobre todo y a menudo, más sabios que los míos.
A los libros y a sus autores, les debo mucho. Han estado acompañándome fielmente cuando más los necesitaba y han ido variando su contenido sin prejuicios, según mi propio cambio personal, siendo muy pocas las veces que me han decepcionado. Incluso aquellos libros cuyas páginas prometían y luego resultaron no ser lo que esperaba, (¿no nos pasa esto también con algunas personas?) estuvieron cerca de mí supongo por alguna razón, la misma que probablemente me llevo a dejarlos, casi siempre en la mitad, comprendiendo así, que incluso lo que se abandona regresa de vez en cuando a la memoria.
Con la lectura me he ido escapando de esos días pesados donde la quietud deseada se tornaba sorpresivamente impertinente cuando la tenía entre mis brazos o esos otros, donde los acontecimientos vividos secuestraban el silencio que tan necesario me era a veces.
Con magníficos libros que no debería haber olvidado, aprendí a confrontar ideas diferentes a las mías, hallé preguntas que nunca me había planteado y me topé con respuestas intuidas. Con ellos, calmé dolores no expresados y abrí la puerta a la ilusión de los días todavía por venir. A través de muchas de sus páginas, viajé más allá de mis propias creencias, en muchas ocasiones aun por construir, y me emocioné con vidas especiales que nunca serán mías. Recorrí lugares jamás visitados e imposibles de imaginar por mi inexperiencia y encontré la belleza en su estado más puro. Los libros trasformaron a menudo un día un tanto gris en una noche de apacible luna. Y devoré cuantas líneas fui capaz antes de que Morfeo llegase por fin a anestesiar mi voluntad.
Aunque ha pasado mucho tiempo desde que abrí curiosa la primera página de un libro, aun puedo recordar que amé la lectura, casi al mismo tiempo que descubría a mi primer amor y de la misma sutil manera que evitas al chico que te niega, sufrí leyendo libros obligados que no me interesaban, durante los años escolares. He pasado apacibles horas entre libros de muy variada índole y la mayoría de las veces el criterio de selección fue emocional, lo confieso. Tal vez debería haber invertido mejor mí tiempo, apuntado más alto, optado solo por un criterio intelectual. Quién sabe. Pero todos aquellos autores cuyos nombres tiendo torpemente a olvidar, tenían algo que decir y yo estuve allí tratando de comprender lo que contaban. Libremente. Pues así es como me he manejado con la literatura. Sin mas cadenas que las propias, sin modas, sin estereotipos. Un título, una sinopsis, una portada, una delicada encuadernación, unas líneas degustadas apresuradamente en una librería pueden sin saber porqué atraparme. Cuando acabo el libro es cuando suelo entenderlo, el flechazo, digo y durante unos segundos me lleno de silenciosa gratitud hacia el autor y su casi siempre fabuloso trabajo.
Entonces dudo, ¿Y si fuera el libro el que me elije a mí?. Y en este punto, nunca consigo una respuesta que me resulte convincente.
No siempre acierto en lo que elijo como lectora y no todo es exquisito en el más puro sentido literario. No me importa. A cada libro lo he buscado por una razón distinta. Y la única condición como he dicho, es que fuera capaz de provocarme una alteración del ánimo, intensa y pasajera, agradable o penosa, que fuese acompañada de cierta alteración somática tal y como dice el Real diccionario de la lengua para definir emoción. A partir de ahí estaba dispuesta a continuar fielmente su lectura, a dejarme guiar, entretener o incluso convencer. Quisiera haber podido retener mucho más en mi memoria de cuanto he leído, quisiera haber podido acercarme más al autor o a su biografía pero pocas veces ha sido así, tal vez por demasiado ruido interior o quizás por que el mensaje que encerraba en sus líneas, sí que se quedó de un modo más sutil conmigo. Tal vez por que solo retenemos lo que estamos dispuestos a recibir. Los ha habido de muchos tipos, como las personas que he ido conociendo a lo largo de la vida, interesantes, divertidos, dinámicos, instructivos, aburridos, incluso ilegibles pese a tener la tinta bien impresa y prometer mucho.
Por eso, cuando tengo la ocasión de tener un libro que me llega por sorpresa y casi siempre con cariño, lo tomo con cuidado mientras me pregunto cual será la emoción que me provoque y si cuando lo termine sentiré o no ese negro pesar de lo que acaba demasiado pronto.
El libro se abre entonces ante mí para darse a conocer y yo deseo que de la primera a la última página me atrape fuertemente y no me suelte…



Así es como “La vidriera irrespetuosa” de Carmen Montoro vino a mi encuentro.



O eso creo, que fue “La vidriera” la que me encontró a mí a través del mejor embajador posible, un muchacho joven e inteligente muy cercano a su autora.
Comencé entonces su lectura con el mismo afecto con que me había sido regalado y el escepticismo propio de estas situaciones y me dispuse a averiguar cual sería la emoción que me tenía preparada. Lo leí de un tirón. Eso significa que le dediqué encantada todo el tiempo del que dispuse y aún más, hasta que lo terminé.
Carmen Montoro es una malagueña, escritora de vocación. Esto, lo de escritora, viene señalado después de su profesión actual en la contraportada de su libro, donde además se descubre que esta es su primera obra. En mi opinión, Carmen debería haber escrito primero que es escritora y solo después haber añadido la segunda condición. Si uno presiente una vocación no puede sino serlo y aunque este sea el primer libro de Carmen, estoy segura que el noviazgo con la escritura ha sido tempranero y continuado en el tiempo. Lo intuyo por que la “Vidriera irrespetuosa” desde mi punto de vista como lectora es una libro rotundo. Me refiero que tiene todos los ingredientes posibles para que merezca ser tenido en cuenta por cualquier lector ávido de buenas historias.
La “vidriera irrespetuosa” es una novela muy bien estructurada, o a mi me lo parece, donde los personajes entrelazan sus vidas con pinceladas leves sobre ese lienzo enorme que es Argentina y en ocasiones importantes, ir a encontrarse con otros personajes cuyas vidas quedan fuertemente enlazadas por el amor o la amistad, probablemente con la cercanía y el desgarro de la letra de un tango.

“Francesca tuvo el presentimiento de que no debía haber hablado de su hermano, pero ya era tarde.
Giacoma supo enseguida que su plan estaba surtiendo efecto, porque Fabrizio la seguía por donde iba y pasaba mucho tiempo apostado cerca de su casa”

La autora sitúa y conecta la acción en tres países bien diferentes (Italia, España y Argentina) pero parejos.
Ha terminado la Primera Guerra Mundial y la joven América es el destino que se presenta para muchos europeos como un espejismo capaz de desvestir la miseria cotidiana y transmutarla en algo que se puede abandonar para siempre en la bodega de un barco de vapor para ser quemada tal vez junto al carbón que lo impulsa antes de empezar de nuevo.

“Yo era el elegido de la familia. No sé por qué. No era el mayor que heredaría la casa y tenía la obligación de cuidar de nuestros padres. Tampoco era de los pequeños que aun andaban pegados a la falda de mi madre. –Ramón, creo que tu podrías ir a América- dijo mi padre una noche mientras cenábamos en la cocina pan de centeno migado en vino.”

Una frase que se deja caer entre lo cotidiano, en la rutina pobre y gris de un día cualquiera de aquella España emigrada, unas palabras en familia que sin embargo dirigen la vida de Ramón lejos de ella, hacia Buenos Aires. Todo lo que ha de acontecer a partir de aquel instante cambiará la vida de este gallego y su vocabulario.
Criollos, otarios, malevos, milongas, discurrirán por la nueva vida de Ramón, y su quehacer diario se irá sutilmente entrelazando con la dureza de otras vidas difíciles como las de Manuela y Mario. De la mano de estos personajes descubriremos fortalezas y debilidades, de aquella época, viajando así en el tiempo hacia una Argentina miserable a la par que grandiosa. A lo largo de su capítulos nos mantendremos irremediablemente atentos a los misterios y penalidades que rodean los jóvenes años de Ramón y podremos conocer de una forma interesante, la peculiar sociedad Argentina de aquel tiempo.
La vidriera irrespetuosa te engancha. Te provoca emociones. Por el estilo ágil de su narración, por su vocabulario preciso, pero sobre todo por él interés que despierta su historia. Ramón es además de un personaje bien construido, un superviviente del mandato paterno y su lugar de nacimiento en la familia, pero también de las duras circunstancias que le acontecen, de las amenazas de los barrios bajos y de los secretos de la burguesía. Alguien a quien acompañar para desvelar la intriga de un misterio.
Me ha gustado mucho la “Vidriera irrespetuosa” de Carmen Montoro, lo suficiente para ponerla como escritora favorita y esperar con ganas su próxima publicación. Por que alguien que ha hecho tan buen trabajo seguro que lo continua. Si eres fiel lector de este blog y me has seguido hasta aquí, no puedes detenerte en este punto. Sigue y no te detengas hasta conseguir un ejemplar de “La vidriera irrespetuosa” de Nuevos Editores. Te gustará.

jueves, 16 de abril de 2009

La anciana recuerda que a veces fue joven



La anciana recuerda que a veces fue joven,
y sus piernas mueve como si trotase.
La vieja no olvida que cruzaba ríos,
subía montañas, visitaba pueblos,
vendiendo sonrisas y abrazando vidas.
Y entonces se deja llevar al galope,
los ojos cerrados con el sol dormido
porque ensaya enferma, el instante quedo
cuando entre sollozos suene la campana
que anuncie la muerte del cerebro impío.
Una despedida, un duelo vistiendo
su cuerpo menudo enredado en huesos.
Ya no siente apenas el peso cansino
del paso tiempo, cada noche sola,
no imagina nada, pasado o futuro.
La vieja se sube sin tino las lentes
una mano torpe se marcha al bolsillo
y sus piernas mueve como si trotase.
Anciana se queda su vida gastada,
de sueños pequeños y silencios rotos.
Entonces ocurre, sus ojos se abren
y mira a los hijos pensando en sus padres
recorre su infancia, descubre su vida,
y por un momento recuerda su nombre.
Solo es un segundo el que encuentra cuerdo,
tiempo suficiente para comprender
cuánto miedo siente a no recordar,
quienes son los suyos, donde está su casa,
cómo caminar, de que alimentar
su cuerpo menudo, caduco y traidor.

Yes, we can!

INGLÉS a la carta

Come and enjoy yourself!

Aprende vocabulario inglés de una forma entretenida.

Tarjetas interactivas que nos ayudan a avanzar.

"Me gustó la web quizlet, y enseguida me animé a preparar material para mi propio aprendizaje. Si quieres mejorar tu vocabulario y no tienes tiempo de preparar tu propio material, puede que este sitio te interese. Ve a "Sets" en Come and enjoy yourself!"

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